La construcción de la memoria en el territorio

 

A los largo de casi 30 años de democracia la sociedad argentina creó espacio comunes de recordación y repudio al terrorismo de estado. Las plazas, las paredes, las entidades públicas, las calles, los pasillos de las universidades se llenaron de nombres de desaparecidos. Algunos de los lugares en donde durante la dictadura reinó el horror se transformaron en sitios para la construcción y transmisión de la memoria. La ausencia de los desaparecidos se emplazó en diferentes rincones de la ciudad; apenas un nombre, la referencia a “los compañeros”, “a ellos que lucharon”, se hizo presente a partir de diferentes soportes que resultaron ser vehículos para el recuerdo y conmemoración.

La construcción de la memoria y su señalización en la ciudad nos advierten acerca de las transformaciones que se dan en forma constante. Partimos de la idea de que si hay algo que se recuerda también hay algo que se olvida o que en todo caso no se nombra. Las señalizaciones, monumentos, esculturas, sitios son una forma de decir, de enunciar de diferentes maneras que alguien no está, a alguien se lo llevaron, o que en ese edificio o casa primó la militancia, un proyecto político y social.

En este sentido, puede pensarse la ciudad como la obra de un colectivo “que construyendo su ciudad se reconoce como tal, es decir, que construyendo su ciudad construye su identidad.” vuelve al territorio, indisociable de la memoria, y más precisamente, de las memorias colectivas. Porque es en ella donde podemos leer la “construcción retrospectiva de un pasado compartido” a través del tiempo y en sus topografías, las distintas historias, las diferentes políticas de estado y las políticas de los distintos “emprendedores de memoria” van tejiendo conjuntamente una trama compleja de sentidos que tiene lugar, muchas veces, en la ciudad, en el pueblo, en el lugar donde vivimos.